El regreso de Eskorbuto
¿Como puede Eskorbuto estar de vuelta con más prestigio internacional que nunca, en carne y hueso girando como uno de los principales grupos del momento, mientras combinan el negocio musical con conciertos-tumulto gratuitos que critican el sistema y buscan derribarlo?
La historia empezó en Madrid en 2035.
Chema creció en las calles de Vallecas, golpeando cualquier superficie que resonara con la rabia de la clase obrera. Su primer contacto con las baquetas fue casi accidental, robando unas de madera astillada de un centro social donde solía matar las horas muertas. Desde el principio, su estilo nunca buscó el virtuosismo técnico ni la limpieza, sino una contundencia salvaje y primitiva que encajaba perfectamente con el punk más sucio y veloz que se cocinaba en el underground madrileño de la época.
En Botulimia, su papel fue fundamental para recrear el caos rítmico que exigía el repertorio de Eskorbuto. Se sentaba detrás de su destartalada batería de segunda mano con una mirada ausente, pero en cuanto el amplificador soltaba el primer acople, se transformaba en una máquina de marcar ritmos acelerados, sudando a mares y rompiendo parches con una facilidad pasmosa. No solo tocaba, sino que escupía la esencia del punk callejero en cada golpe de bombo, siendo el motor incombustible que empujaba a la banda al límite en cada directo.
Javier "El Púas" Izquierdo Solana, el guitarra.
Javi, conocido en los garitos de Malasaña como "El Púas", fue el cuchillo afilado que daba voz a la distorsión del grupo. Llevaba siempre una chupa de cuero raída y una guitarra de imitación cubierta de pegatinas a la que le solía faltar la primera cuerda, pero que él manejaba como si fuera un arma. Su obsesión enfermiza con Iosu Expósito lo llevó a imitar no solo sus riffs cortantes y anárquicos, sino también esa postura encorvada y desafiante frente al micrófono, tocando con la urgencia de quien no tiene un mañana.
Cuando rasgaba las cuerdas, el sonido que emergía era una maraña de acoples y ruido puro, un muro sónico que no pedía permiso para taladrar los tímpanos del público con la calidad justa. Su técnica consistía en atacar el mástil con un desprecio absoluto por la teoría musical, logrando rescatar aquel tono desesperado que definió a la banda de Santurtzi.
En el escenario de Botulimia, Javi era un torbellino de nihilismo puro, siempre al borde del colapso, arrastrando las sílabas al cantar y sin perder jamás el hilo de la rabia.
Roberto Mesonero Gaitán, el bajo.
Rober siempre fue el alma sombría de Botulimia, un tipo espigado de Carabanchel que empuñaba su bajo como si fuera una guadaña. Había pasado por docenas de formaciones efímeras antes de encontrar su lugar definitivo, con un sonido percusivo, metálico y denso que te golpeaba directamente en el pecho. Su presencia en el escenario era imponente y estática, una figura pálida que contrastaba con el frenesí de sus dos compañeros, manteniendo la maquinaria unida cuando todo parecía a punto de descarrilar.
Sus líneas de bajo no solo rellenaban el fondo, sino que marcaban la siniestra melodía principal en las canciones más crudas del setlist. Además, aportaba esos coros roncos y desquiciados que terminaban de redondear la atmósfera asfixiante y honesta de sus conciertos. Rober tocaba con los dedos despellejados tras los directos más intensos, entregando hasta la última gota de energía por mantener vivo el legado maldito de Eskorbuto en cada sótano y local okupado de Madrid que les abría las puertas.
Los inicios
Javi y Rober se cruzaron por primera vez en un bar de Carabanchel que olía a cerveza rancia y a serrín mojado en 2035.
Javi intentaba vender un pedal de distorsión quemado para pagarse el alquiler, mientras Rober, apoyado en la barra, criticaba a gritos la música que sonaba por los altavoces, tachándola de "basura domesticada". Bastó que Javi mencionara que su única intención en la vida era tocar Mucha policía, poca diversión hasta que le sangraran los dedos para que Rober sacara su bajo de una funda de plástico y se pusieran a buscar un lugar donde hacer ruido.
Aquella misma noche, terminaron en un local de ensayo ilegal en Vallecas, un espacio sin ventilación que los habituales llamaban "El Sótano de los Gritos".
Allí, entre paredes desconchadas y cables pelados, la conexión fue instantánea: un muro de sonido sucio y una actitud de "no hay futuro" que encajaba perfectamente con el espíritu de Santurtzi.
Sin embargo, les faltaba la batería. Probaron a varios baterías que sabían leer partituras o que mantenían el tiempo con demasiada precisión, y a todos los echaron entre insultos. Fue entonces cuando oyeron un estruendo rítmico que venía de la última sala del pasillo; alguien estaba aporreando unos parches con tal violencia que parecía que el techo se iba a venir abajo.
Era Chema, que acababa de ser expulsado de una banda por ser "demasiado primitivo". Javi y Rober ni siquiera llamaron a la puerta; entraron, le pusieron una cerveza delante y le preguntaron si sabía tocar los ritmos de Paco Galán. Chema no contestó con palabras; simplemente escupió en el suelo y arrancó con el redoble de Anti-todo. En ese preciso instante, la maquinaria estaba completa.
El nombre de la banda surgió durante una madrugada de delirio y hambre en una gasolinera de la M-30. Buscando un nombre para su banda, Javi soltó el neologismo Botulimia: una mezcla entre el botulismo y la bulimia que resumía la náusea que sentían hacia el mundo y la urgencia por "devolver" todo lo que la sociedad les obligaba a tragar.
Esa misma noche en la gasolinera, juraron que no serían una banda tributo cualquiera que buscara el aplauso fácil.
El estallido en la escena Madrileña
Lo que comenzó como una simple válvula de escape en los tugurios más mugrientos de la capital, no tardó en convertirse en un fenómeno underground sin precedentes en 2036. El boca a boca corrió como la pólvora por los barrios periféricos y, en cuestión de meses, el nombre de Botulimia resonó por toda la Comunidad de Madrid. Dejaron de tocar exclusivamente a cambio de unas cervezas calientes en centros sociales y empezaron a llenar salas míticas de Móstoles, Alcalá de Henares y Leganés. El público no solo acudía para corear los himnos de Eskorbuto, sino para presenciar la reencarnación de esa energía suicida y genuina que Chema, Javi y Rober desprendían. Las colas comenzaron a dar la vuelta a la manzana y, casi sin darse cuenta, la banda encadenó una racha imparable de "entradas agotadas" cada fin de semana.
Eddies entre la distorsión
Con el éxito desbordante llegó el dinero, creando una paradoja irónica y fascinante para una formación que escupía himnos contra el sistema. Los cachés, antes inexistentes, se multiplicaron drásticamente, y los eddies empezaron a engrosar los bolsillos de sus chupas de cuero. Al principio, utilizaron las ganancias para saldar viejas deudas, renovar los platos rotos de la batería y comprar amplificadores de segunda mano que no amenazaran con incendiarse al tercer acorde.
Sin embargo, la constante avalancha de efectivo transformó su dinámica:
Pasaron de rogar por un espacio en el cartel a exigir porcentajes fijos de la recaudación. Empezaron a vender camisetas serigrafiadas a mano y discos que los fans compraban a puñados al terminar los directos.
Aunque detestaban la industria, tuvieron que contratar a Manu, un colega del barrio para que les gestionara la agenda, ya que las llamadas de promotores locales no cesaban.
A pesar de la repentina bonanza económica, el trío madrileño supo mantener intacta su crudeza sobre las tablas. Demostraron que, aunque ahora cobraran cifras impensables por su ruido, la actitud nihilista y la rabia que los impulsaba seguían siendo peligrosamente reales.
El éxito desmedido y el flujo constante de eddies no calmaron la sed de autenticidad de Botulimia; al contrario, lo derivaron hacia una obsesión enfermiza y perturbadora. Envalentonados por el fanatismo religioso de su público madrileño y con los bolsillos llenos, los tres músicos llegaron a la conclusión de que simplemente sonar y vestirse como Eskorbuto no era suficiente para honrar el legado del "anti-todo".
En 2039 decidieron, en un acto de febril fanatismo y delirio nihilista, invertir sus ganancias en una transformación física radical e irreversible. Su objetivo era borrar sus propias identidades y convertirse en los dobles de carne y hueso de sus ídolos mediante la bioescultura. Cambiaron incluso sus nombres por los de sus profetas.
El mayor desafío fue la desesperante escasez de material visual de calidad de Eskorbuto. El trío pasó semanas obsesionado, analizando hasta el más mínimo detalle de las fotografías de los fanzines, las portadas de casetes borrosas y los fragmentos de vídeo de baja resolución que existían. De esas imágenes imperfectas y caóticas, extrajeron los rasgos que definirían su nueva identidad.
Cuando Botulimia volvió a subir a un escenario tras su reencarnación estética, el efecto fue devastador. Ya no parecían tres músicos de disfrazados; parecían tres espectros de Santurtzi que habían cruzado el espejo del tiempo. El público madrileño, al ver a esas réplicas nacer del humo de la sala, reaccionó con una mezcla de histeria colectiva y horror sagrado, consolidando la leyenda de que Botulimia no solo tocaba Eskorbuto, sino que se había inmolado físicamente para ser Eskorbuto.
Ratas de Bizkaia
En 2041, como estrellas del punk con proyección por todos los países de habla castellana, decidieron acercarse más a los profetas e instalarse en Mamariga, Santurtzi, para estar más cerca del espíritu de Eskorbuto.
A pesar de ser estrellas indiscutibles, se fundieron con el barrio punk volviendo a poner Santurtzi en el mapa.
En 2043, negociaron con el anciano Paco Galán los derechos del nombre, y sintiendo que eran aprobados por la historia, Botulimia se convirtió en Eskorbuto.
Aunque han evitado las drogas al nivel de los Iosu y Jualma originales, naturalmente su fama de drogadictos no ha tardado en llegar, y no pocos de sus conciertos han sucedido con el grupo en un estado lamentable.
Actualmente han sacado dos discos propios "Cromo de mierda" (2040), y "Rojo de mentiras" (2044), con grandes himnos como "Traje llorica", "Madroño de Guernika", "Chum Chum chuta" en el primero, o "Lluvia de pedradas", "No necesito tu red", (fusionando la cultura arrantzale con el datakrash) o "Arde Kabiezes" en el segundo.
Sus conciertos oscilan entre bolos con entrada, donde florece la reventa de ultima hora, y conciertos underground donde sean solicitados. Tienen múltiples detenciones en su haber, y un abogado dedicado solo a estas cuestiones, Martín, que trabaja directamente con Manu y al que mantienen atareado cada noche.
Aunque la jerga ya existía, han popularizado la expresión "margen izmierda" para referirse al sprawl de Bilbo extendiéndose por la izquierda de la ría del Nervión "desde Santurce a Bilbao".
Siempre animan desde el escenario a no participar de la falsa democracia, derribar el sistema, y apalizar a los vendedores de la reventa que encarecen sus entradas, lo que ha sucedido ya varias veces y ha causado que los revendedores se consigan gorilas para cubrirles.



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