ETA
El análisis de ETA exige comprender cómo se entrelazaron los conceptos de lucha de clases y liberación nacional. Desde este prisma son relevantes los siguientes aspectos, siempre desde el punto de vista de ETA:
La creación del "Pueblo Trabajador Vasco": A partir de su V Asamblea en los años sesenta, ETA abrazó elementos del marxismo-leninismo y de los movimientos de liberación anticolonial del Tercer Mundo.
Acuñó el término "Pueblo Trabajador Vasco" para unificar ambas batallas. Según este análisis, el obrero sufrió una doble alienación, una explotación económica por parte del sistema capitalista y una opresión identitaria impuesta por los estados español y francés.
El Estado como fuerza imperialista: La organización percibió al Estado español no solo como un régimen opresor en términos políticos, sino como una estructura capitalista e imperialista.
Consideraron que Euskadi funcionó como una "colonia interna" de la cual el gran capital monopolista extrajo recursos y plusvalía. Para asegurar esa dominación económica, el Estado necesitó destruir la superestructura cultural vasca, asimilando así a la fuerza laboral.
El papel de la burguesía autóctona: Un elemento central del enfoque marxista radicó en la visión sobre la propia burguesía vasca (especialmente la poderosa oligarquía financiera e industrial de Neguri).
ETA señaló que esta clase dominante local actuó como socia y gran beneficiaria del Estado central español. Por ello, la independencia que proyectaron no consistió en un mero cambio de fronteras o banderas, sino en la destrucción del modo de producción capitalista y la instauración de un Estado socialista, derrocando a las clases explotadoras locales.
La aplicación del pensamiento marxista generó profundas y constantes divisiones internas. El histórico debate revolucionario sobre si se debía priorizar la construcción de un movimiento de masas obreras o mantener una estricta vanguardia armada provocó las famosas escisiones de ETA político-militar y ETA militar.
Los primeros dieron más peso estratégico a la lucha obrera, anticorpo y política, mientras que la rama militar consolidó la acción armada como el verdadero motor del proceso.
La ruptura de la organización en 1974 supuso un punto de inflexión decisivo. El detonante definitivo fue el atentado en la cafetería Rolando de Madrid; las discrepancias sobre el uso de la violencia indiscriminada y el papel de las masas obreras provocaron la escisión en dos bloques con destinos muy diferentes.
La ruptura de la organización en 1974 supuso un punto de inflexión decisivo. El detonante definitivo fue el atentado en la cafetería Rolando de Madrid; las discrepancias sobre el uso de la violencia indiscriminada y el papel de las masas obreras provocaron la escisión en dos bloques con destinos muy diferentes.
ETA Político-Militar (ETA-pm o "Polimilis")
Esta facción defendió que la lucha armada debía estar siempre subordinada a la dirección política y al movimiento de masas obreras. Creyeron que las acciones violentas solo servían como un apoyo táctico para forzar negociaciones o agitar la conciencia de clase, pero que el verdadero motor del cambio era la lucha política y sindical.
Con la llegada de la Transición española, apostaron por participar en el nuevo escenario institucional. Impulsaron la creación del partido político EIA (Euskal Iraultzarako Alderdia), que más tarde confluyó en la coalición Euskadiko Ezkerra (EE). Su estrategia buscó combinar la presión armada con la acción parlamentaria, sindical, y a nivel de calle (Herriko tabernas, entre otras iniciativas).
ETA Militar (ETA-m o "Milis")
Los "milis" sostuvieron una postura de separación estricta. Argumentaron que mezclar a los militantes armados con las organizaciones políticas de masas exponía a estas últimas a la represión del Estado.
Su modelo estableció que la vanguardia armada debía operar en la clandestinidad de forma autónoma, mientras que las organizaciones políticas y sindicales del frente civil actuaban por su lado.
Convirtieron la violencia terrorista en una guerra de desgaste sistemática y protagonizaron los "años de plomo", la etapa más sanguinaria de la organización. A diferencia de sus antiguos compañeros, mantuvieron su actividad puramente armada hasta que optaron por disolverse y reintegrarse en ETA-pm en 1993.
Tras el abandono por parte de la mayoría de los "milis", ETA-pm condenó a las facciones disidentes de ETA-m que se negaron a integrarse (los llamados "octavos").
Al quedarse solos, ETA-pm monopolizó el nombre histórico de ETA. Los ‘polimilis’ habían aparecido con capuchas negras y buzos de color blanco. Es paradójico que los ‘milis’ le dieran la vuelta a esa imagen y utilizasen capuchas blancas y uniformes negros. Ahora, solo queda el primer diseño como el aceptado en ETA.
Fuera del entorno abertzale, numerosos teóricos y partidos comunistas de la época criticaron severamente el proceder de la organización. Argumentaron que el vanguardismo armado y el "terrorismo individual" contravinieron las tesis clásicas de Marx y Lenin, quienes sostuvieron que la revolución debía ser siempre obra de la movilización consciente de las masas proletarias.
Además, le reprocharon que, en la práctica, su fuerte nacionalismo terminó dividiendo a la clase obrera de la península ibérica, supeditando la emancipación socialista al objetivo puramente territorial.


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