La guerra del azucar

En los anales de la historia de la margen izquierda, el periodo conocido como "La guerra del azucar" será recordado no por la calidad de su repostería, sino por la brutalidad que se apoderó de las calles de Santurtzi. 

Como historiadores del conflicto corporativo, debemos analizar esta época no como una simple rivalidad comercial, sino como la manifestación extrema de un cisma empresarial que se tornó letal.
 

La raíz de la hostilidad se remonta a la fractura de Goizalde –la vieja institución de la pastelería artesanal de la década de 1970– un evento que dividió la lealtad de la ciudadanía y creó dos facciones enfrentadas: Goizalde, la pastelería tradicional que buscaba continuar su negocio, y Gozatzen, la escisión de trabajadores que pretendía entrar en el mercado (2020) recuperando el buen hacer que Goizalde había tenido antaño, comprando la primera y más famosa de las pastelerías de Goizalde (la de las Viñas). 
Años antes, trabajadores de Goizalde despedidos abrieron otro negocio en Portugalete, pero ahora, buscaban volver al negocio y aceptaron una oferta de Goizalde para quitarse de encima su principal local. 

Lo que Goizalde no esperaba es que lo que comenzó como una venta de su principal local se transformase rápidamente en una guerra territorial por los tiempos de entrega. En la margen izmierda, la inmediatez de los pedidos era el principal criterio para mucha gente para decidir si pedían a una u otra pastelería. 

En las Viñas comenzó todo


Los riders —repartidores motorizados— dejaron de ser simples mensajeros para convertirse en la infantería de sus respectivas marcas.

Ambas pastelerías, atrapadas en una escalada de retórica y pérdida de mercado, implementaron en la década de 2020 perversas políticas de incentivos. Se establecieron primas monetarias directas para aquellos repartidores que lograran "dañar o inhabilitar" a un vehículo o repartidor de la competencia durante los repartos.

Estos bonos de sangre, denominados eufemísticamente como "Primas de eficiencia logística", nunca figuraron por escrito en los manuales de empleados ni las nóminas de los empleados (donde figuran todavía como bonos de productividad), pero transformaron los repartos en una cacería urbana.

Un repartidor de Goizalde que se cruce con uno de Gozatzen (o al revés) tiene más intereses creados en herirlo, reventar su moto, o no digamos ya matarle, que en acabar de hacer su trabajo de reparto.  
Ambas pastelerías han contratado delincuentes para hacer sus repartos confiando en eliminar a la competencia, o directamente para esperar repartidores y emboscarlos. Esos tiempos parecen haber quedado atrás, pero los repartidores se siguen atacando de entre sí por sus primas. 

El conflicto ha dejado un un legado de cicatrices en la margen izmierda y en la psique de sus habitantes. 
Actualmente Goizalde lidera la guerra del azucar con 13 asesinados respecto a los 10 asesinados por Gozatzen estos 20 años. Goizalde también gana en el cómputo de motos y Riders dañados. Como Goizalde venía con capital acumulado desde hace décadas, pudo contratar más delincuentes y edgerunners que su spinoff en la guerra que montaron. 

Históricamente, este episodio es citado en los tratados de ética corporativa como ejemplo Bilbaíno de cómo la hipercompetitividad puede deshumanizar hasta los oficios más cotidianos, convirtiendo el reparto de bollería en una guerra donde la única victoria posible es la eliminación del otro.
Ambas pastelerías recompensan el daño físico infligido al rival con eddies adicionales en las cuentas de los riders, bonificaciones que varian según el grado de las lesiones causadas o la gravedad del accidente provocado.


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